Hace mucho leí en la web de El país un relato apasionante escrito por Umberto Eco sobre la toma de Jerusalén por parte de las huestes de Godofredo de Bouillon allá por el 1099. La toma está narrada por un ficticio locutor de radio que viaja en el tiempo hasta las puertas de la Jerusalén a punto de ser conquistada. Su crónica es apasionante y terrible. El protagonista de Eco es testigo de la barbarie y la sinrazón de unos iluminados que inspirados por la invectiva del papa Urbano II en el Concilio de Clermont: “¡Dios lo quiere!” violan, degüellan, arrasan, una ciudad que era símbolo de hermanamiento entre religiones y la convertirán en el escenario de un conflicto milenario.
La desolación ante lo que ve nuestro narrador, el desconcierto y el horror de la tragedia vivida en la mítica ciudad está magníficamente retratado por Umberto Eco en un relato que engancha y fascina.
Le había perdido la pista a este relato hasta que un día navegando por ahí lo volví a encontrar. Hoy me he decidido a compartirlo con vosotros. No creo que a Eco le importe, es más seguro que prefiere que se difunda un relato suyo poco conocido. Así empieza todo…
Catorce de julio, por la mañana. Atención, estudio, ¿me oís? Yo os oigo estupendamente. Muy bien. Aquí Jerusalén, en directo desde el monte Sión, justo en el exterior de los muros. Con las primeras luces del alba se ha iniciado el asalto a la ciudad. Desde el lugar en el que estoy, domino el cuadrado aproximado que forma la muralla; hacia el este veo la antigua explanada del Templo, donde ahora se encuentra la Cúpula de la Roca; al noroeste, la Puerta de Herodes; al noreste, fuera del muro, el monte de los Olivos, y al suroeste, la torre de David. Los muros no sólo son temibles, sino que, por el lado oriental, caen a pico sobre el valle de Cedrón y, por el lado occidental, sobre otro valle. Por consiguiente, las tropas de la alianza cristiana sólo pueden atacar por el suroeste y por el norte.
Ahora que ya ha salido el sol, puedo ver con claridad las grandes torres de madera, las balistas y las catapultas que intentan superar el foso que les separa de la muralla.
Todos recordaréis hasta qué punto ha sido crucial el problema de las máquinas de asedio. La ciudad está rodeada desde el 7 de junio, y el 12 se hizo caso a las palabras de un eremita que profetizaba la victoria inminente, y se intentó un primer asalto. Fue un desastre, y nos dimos cuenta de que el ejército cristiano no poseía los medios suficientes para escalar los muros. Los comandantes lo sabían bien, pero en esta guerra entran en juego diversas presiones. Nobles y caballeros saben que una guerra se libra también mediante las treguas y los compromisos con el enemigo, y, sobre todo, con calma. Pero detrás del ejército va una inmensa muchedumbre de peregrinos, desheredados movidos por impulsos místicos y hambre de pillaje. Son de la misma raza que quienes, hace algunos años, al recorrer el Rin y el Danubio, pasaron a hierro y fuego los guetos judíos. Son gente peligrosa, difícil de controlar.
El resto del relato aquí. Espero que os guste tanto como a mí.