Alguna otra vez ya os he hablado sobre Audrey Hepburn y su capacidad para despertar dormidas emociones evocando momentos que, quizás, jamás hayamos vivido con un susurro y una guitarra. Hoy voy a volver a hablar de esta actriz anglo-belga y de mi película favorita de todas las que protagonizó: "Robin y Marian". Además de hablar sobre la película nos centraremos en la escena final, emocionante declaración de amor desesperado que le realiza una moribunda Marian a un Robin en su lecho de muerte.
Os resumo un poco la película. La primera escena da el tono de lo que será el resto del film: Un asedio desganado, bastante cómico -ese soldado que se pilla el dedo con la piedra…-, a un castillo en Francia en busca de una estatua que la leyenda decía de oro pero que en realidad es una enorme piedra y que está en un campo de nabos porque no merece la pena el esfuerzo que supone traerla la castillo. Llega cabalgando con su séquito el rey Ricardo Corazón de León. Se establece un tenso diálogo entre un ególatra Ricardo Corazón de León -magnífico Richard Harris- y un sensato Robin (atractivo, aunque limitado Sean Connery). El uno quiere su estatua de oro cueste lo que cueste, el otro le replica que no hay oro, es sólo una piedra pesada, pero el monarca psicópata no atiende más razón que sus deseos y ordena que arrasen el castillo, sin soldados que lo defiendan pues han huido, y maten a todos los niños y mujeres que se encuentran dentro. Robin se niega a obedecer su orden. Al final, él y John -genial Nicol Williamson- son detenidos y el castillo destruido, pero antes el único defensor del castillo, un viejo tuerto y chiflado mientras le insulta le lanza una flecha a Ricardo que se le clava en el cuello. Esto supondrá el nada épico final de un rey mítico, aunque voluble, caprichoso y sanguinario. Ricardo en su delirio final y entre sorbo y sorbo de su cubo lleno de vino, le reprocha a Robin su altivez y su fidelidad, reconociendo Ricardo indirectamente su admiración por "el palurdo campesino"…
Tras los funerales del rey, Robin y John deciden volver a su hogar, a Inglaterra. Allí, unos antiguos compañeros les ponen al día de lo acontecido durante estos 20 años de ausencia. Se les añora, hasta han compuesto canciones -todas falsas- en su honor. Se dan cuenta que las cosas apenas han cambiado, el pueblo sigue oprimido por los poderosos. Ante el triunfo de la injusticia deciden repetir la sublevación de antes de su marcha, pero -como dice el adagio- segundas partes nunca fueron buenas…
La primera en la frente: Marian es ahora abadesa, ocupada en sus quehaceres en la Abadía de Kirlk. Pero a pesar del primer rechazo, la llama aún prendía en el corazón de la madre Jennet… Aquí entra la tercera manzana del marco de la ventana -atentos al plano final, para entender esto-: el Sheriff de Nottingham -quizás el personaje más redondo de toda la película- un fabuloso Robert Shaw que eclipsa y empequeñece a Sean Connery cuando ambos comparten plano. Y es que en el fondo el sheriff nos cae bien, emnpatizas con él y entiendes que actúa así porque es su obligación, no por gusto. Admira a Robin, pero su deber es acabar con él.
La trama de la película desemboca en el duelo final, nada mítico, entre Robin y el sheriff de Notingham. Un triste duelo, crepuscular podríamos decir, entre dos personas en el otoño de sus vidas, en un evidente declive físico. El sheriff muere -en una artera maniobra de su contrincante- pero Robin sale malherido y es trasladado por John y Marian a la abadía. Allí Marian vierte el contenido de una botellita en una copa y bebe, luego le da a beber a Robin y esto es lo que sigue a continuación….
Pocos finales me emocionan y me entristecen tanto. Dos personas a las que el destino les da una segunda oportunidad pero sus circustancias conspiran y les condenan a no acabar juntos -sus manos no se unen en el instante final- pero que descansarán uno al lado del otro en la eternidad, donde la flecha decida…
Con estos ingredientes, el director Richard Lester, cocinó un delicioso menú de regusto amargo. Adobado todo por una espléndida banda sonora de John Barry y un brillante guión de James Goldman enriquecido por dialogos espléndidos que desembocan en el parlamento final de Marian y Robin. La declaración más bella y desesperada que jamás haya visto yo en el cine:
Marian:
Te amo.
Más que a nada en el mundo,
te amo más que a los niños,
más que a la tierra que sembré con mis manos.
Te amo más que a la plegaria de la mañana, que a la paz…
y que a los alimentos.
Te amo más que a la luz del sol,
más que a la carne o al placer o que a un día más.
Te amo… ¡más que a Dios!Robin:
No se volvera a repetir este día ¿verdad?… Bueno, es mejor así…
Robin es por fin, consciente de la verdadera situación, se resigna y lo acepta. El único sitio donde estarán verdaderamente juntos es donde la flecha caiga. Pero la flecha no cae, desaparece en el cielo…
1 Response to Una declaración de amor eterno
Lee hasta que me duerma | Etsi Deus non daretur
June 30th, 2011 at 12:24 pm
[...] Una declaración de amor eterno [...]